Hablemos sobre la súper conocida y mal usada frase de Karl Marx: “La Religión es el opio del pueblo”
Tanto los que rechazan esa frase de Marx como los que la toman a modo de bandera, no han leído a Marx allí donde la usó o lo han leído mal.
Es parecido a los que tienen la Biblia o el Corán como fuente de sabiduría, se saben unos cuantos versículos o aleyas que manejan hasta para lavarse los dientes, pero nunca han leído adecuadamente esos libros; es decir, no lo han leído con la debida honestidad capaz de encontrar todo lo bueno que tienen, como igualmente las incongruencias y contradicciones que también tienen. Leen e interpretan lo que les interesa, lo que necesitan leer para entenderlo a su manera.
A eso se refería Marx; no a que la religión sea opio, sino a que nosotros la convertimos en opio, en droga.
Tanto los unos como los otros (los que rechazan y los abanderados) la han interpretado en la idea de que Marx dijo que la religión es mala, que es usada por los poderosos para engañar al pueblo con la intención de llevarles por donde ellos quieren, con engañosas promesas de que luego, más tarde (después de muertos) tendrán la justa compensación a sus sufrimientos, a sus carencias, a sus frustraciones; producidas todas ellas por alguien tan malvado como Satanás.
Marx nunca dijo «la religión es el opio del pueblo» con la idea de que sea mala, tal como los marxistas aseguran con gran parafernalia, dándole el sentido de que la religión es mala y engañosa. Lo que realmente Marx dijo, fue:
“Das religiöse Elend ist in einem der Ausdruck des wirklichen Elendes und in einem die Protestation gegen das wirkliche Elend. Die Religion ist der Seufzer der bedrängten Kreatur, das Gemüth einer herzlosen Welt, wie sie der Geist geistloser Zustände ist. Sie ist das Opium des Volks.“
(La miseria religiosa es a la vez una expresión de la miseria real y una protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón, como lo es el espíritu de las condiciones sin espíritu. Ella es el opio del pueblo).
Es decir que: La religión es esa droga que, estando oprimido, por vivir en un mundo sin corazón, te ofrece una falsa ilusión que te permite sobrellevar tus penas; por tanto, no es mala, es buena; pero no es la verdadera solución; pues no hay que disfrazar la realidad, hay que cambiarla.
Dando a entender que: La miseria de la religión no está en sí misma, sino en ser una expresión (consecuencia) (no es la causante, sino la “causada”) de la verdadera (existente) miseria (humana) y es (por tanto, a su vez) protesta contra esa realidad miserable. La religión es el suspiro (respiro) de la criatura atormentada (oprimida); es el alma de un mundo desalmado (sin corazón), y también (es) espíritu (el alma) de condiciones (situaciones) carentes de espíritu (de alma). En esa proyección (la religión) es el opio del pueblo.
Por ejemplo: ¿Es buena la morfina? No; sería absurdo desayunar morfina todos los días, pero te ayuda cuando tienes un dolor insoportable, ¿Hay que eliminar la morfina? NO, lo que hay que hacer es evitar aquello que llevó al dolor.
¿Hay que eliminar la religión? NO; lo que hay que hacer es evitar que la religión sea el único refugio para los desamparados; hay que lograr que no haya desamparados; pero si seguimos teniendo desamparados y, lo único que hacemos es eliminar a tiros y martillazos la religión para poner en su lugar el mesianismo de populistas radicales, absolutistas; solo hemos cambiado de color el envase de la droga o hemos cambiado de droga; pero seguimos drogados.
Al igual que los respectivos creyentes, interpretando a su gusto Biblia, Corán o cualquier otro libro sagrado, los marxistas se quedaron solo con esa frase: “La religión es el opio del pueblo”, ignorando el verdadero sentido de las palabras de Marx y con ello se llevaron por delante a todos los religiosos, religiosas, monasterios y templos que les dio la gana, tan convencidos de que estaban “limpiando el mundo”, obviamente, para crear el suyo donde los líderes fueran ellos y la nueva religión fuera la suya; y, como ellos, muchos otros que no son marxistas.
Hoy día Karl Marx tendría que ampliar su espectro: el prisma ha dispersado mucho más la luz y ahora tendría que decir: “La Religión, el Nazismo, el Fascismo, el Populismo, el Comunismo, el Castrismo y Chavismo y Bolivarianismo, el Nacionalismo y Separatismo y muchos otros –ismos son el opio del pueblo”.
Son (tal como realmente quería decir Marx) la válvula de escape, la droga, con la que el pueblo busca nuevas sendas de no ver la realidad de su miseria; y no la miseria externa, sino la interna; esa es la que no se quiere ver, ni la personal, ni la social.
En todos estos –ismos se personaliza a un líder a quien reverenciar, ensalzar, casi adorar (e incluso rezar, embalsamar, subir a los altares, llevarlo en camisetas y franelas). Un líder al que se aplaude siempre aunque diga estupideces; las cuales nunca serán vistas como tal por los que viven con ese opio.
En todos estos -ismos, sus líderes (con intereses personales en mantener viva su religión) se inventan y nos señalan el malvado (el otro o los otros: ellos) causante de nuestras desgracias: los curas, los judíos, los obreros, la casta, el capitalismo, los gringos, los escuálidos, los españoles, los no escoceses, los no catalanes; alguien a quien debemos odiar, rechazar y apartar (y, si es posible, eliminar).
El líder y su camarilla más cercana darán al pueblo la versión de los hechos actuales e históricos tal como les convenga para reforzar su religión; pues en definitiva, es otro tipo de religión (opio del pueblo). Tergiversarán las cosas todo lo necesario para que el pueblo, drogado (emborrachado) con su nueva religión, se fortalezca con esa visión distorsionada de la verdad; todo lo que los justifique es válido.
Cuando uno no está drogado por ninguna de estas nocivas sustancias “–ismo”, se queda impresionado de la enorme cantidad de absurdos y ridiculeces que se llegan a afirmar, ya sea por ignorancia o por mala y venenosa intención. Es impresionante las afirmaciones que escucha uno aquí y allá (o si prefieren: a derechas e izquierdas) y sus “feligreses” no perciben la falsedad.
Por supuesto, como en toda religión, hay una promesa de un futuro mejor cuando se haya eliminado al “enemigo” y se imponga la nueva religión. Un futuro que, sin embargo, cuando la correspondiente religión logra imponerse, nunca se cumple o, al menos, no tal como nos la habían pintado cuando sus líderes nos preparaban “su panacea”.
Pero es que, mientras no aprendamos a encontrar la felicidad en nosotros mismos y sigamos buscándola fuera y en las promesas de otros, seguiremos en la miseria que nos empuja a buscar religiones (ideales, movimientos, revoluciones, etc.) que nos adormecen con fantasías de creernos los mejores, los poseedores de la verdad, los renovadores del mundo, totalmente flotando en falsos inciensos de “justicia” y “verdad” que nos prometen todos esos “opios del pueblo”, los gestionen sacerdotes o los gestionen políticos; da lo mismo.
Pero, si demencial es convertir la religión o los ideales en opio, en droga; casi peor es convertir la droga en religión.
Pablo J.Luis Molinero
27 de mayo, 2017
Revisado el 23 de abril, 2023