A lo largo de la historia humana, el canibalismo ha estado muy generalizado en todas partes: en Europa, África, Asia y Polinesia; ya fuera porque en algún momento la excesiva falta de alimentos los llevara a echar mano de la carne de difuntos recientes (tal como se vieron obligados los accidentados de los Andes; octubre 1972) o porque en las peleas entre tribus, convertir al enemigo en comida fuera una forma de humillarlo y atemorizar a los que todavía quedaran vivos.

Intuitivamente sentían que el cerebro y el corazón eran las partes más importantes, y vitales del cuerpo; por ello, ambos eran comidos por los líderes, incluso llegaban a dormir sobre un montón de cráneos enemigos, cubiertos con una buena piel para apoyar la cabeza y dormir sobre sus enemigos; un signo de poder y dominio. Una buena colección de cráneos era un signo de poder.

Pero, tal como detalla Oscar Kiss en su libro «El Principio fue el Fin«, la ingestión del cerebro todavía fresco, con sus células aún vivas; con su hipotálamo y las glándulas pineal y pituitaria todavía activas, iba a influir potenciando las correspondientes del cerebro del antropófago; tanto de forma positiva, como negativa (el exceso no siempre es bueno). Esto me recordó un experimento que conocí en mis estudios de Psicología:

En un laboratorio experimental con animales, al inicio de un laberinto, colocaron una rata;  al  otro extremo del laberinto pusieron la comida que la rata iba enseguida a percibir con su olfato. El animal se metía en el laberinto en busca del deseado alimento, pero falló los 3, 4 o 5 primeros intentos, hasta que logró encontrar el camino y, a partir de ahí ya nunca falló: tantas veces como la pusieron en la misma situación, acertaba.

Mataron al animal y, de inmediato, bien picadito, mezclaron su cerebro con la comida de otra rata, Pusieron a esta nueva rata ante el laberinto, con la comida al otro extremo y la rata fue directa a la comida sin fallar ni una vez.  Su cerebro había recibido el talento del cerebro todavía fresco de la anterior rata.

Aprovecho para compartir una simpática historieta: En un laboratorio introducen una nueva joven rata en la jaula de otra rata ya veterana, Esta recibe a la nueva diciéndole: “Has tenido suerte de que te hayan puesto conmigo porque soy la más experimentada; mira, tengo a los humanos amaestradísimos, no tengo más que tocar esta campana y enseguida me traen comida”.

 La antropofagia fue deformando la evolución de los que comían los cerebros. Generación tras generación de caníbales, sus cerebros iban adquiriendo una mayor capacidad racional, pero menor capacidad intuitiva, pérdida de la capacidad telepática y otros detalles menores, pero importantes. Mientras su cerebro crecía, el cráneo no lo hacía en la misma proporción, por lo cual el cerebro se revolvía en sí mismo creando más y más volutas; todo ello tenía consecuencias negativas; pues podían convertirse en una especie enferma. Ante esta situación Dios (o los dioses[1]) ordenó (o aconsejaron) no comer «del fruto del conocimiento del bien y del mal«. Según Oscar Kiss, Moisés (príncipe adoptivo en la corte faraónica), tenía acceso a la gran biblioteca real, interpretó mal el primitivo jeroglífico donde se contaban los inicios conocidos de la humanidad y él vio un árbol en lo que realmente estaba representado un ser humano y, por tanto, vio un fruto donde realmente era un cerebro “conocedor del bien y el mal”.


[1] Deseo que me entienda todo el mundo, respeto todo tipo de creencias… siempre que no pretendan que yo crea lo mismo sin darme razones que me convenzan.


Muchos de los pueblos que hicieron caso y dejaron el canibalismo, descubrieron que la carne de cerdo sabía muy parecida a la humana; por lo cual, comiendo cerdo, superaban esa necesidad, a la que ya estaban acostumbrados, de saborear ese gustillo abandonado (al igual que quien, acostumbrado a comer carne y embutidos, decide hacerse vegetariano y, durante un inicio, gusta de saborear esos productos, hechos con soja, con sabor a chorizo o jamón). Pero algunos, empezaban a sentir que no era lo mismo y volvían al canibalismo; por lo cual, Dios o los dioses tuvieron que insistir[2] e incluso prohibirles comer cerdo.

[2] Démonos cuenta de que, después del Diluvio, Dios le dice a Noe y familia que pueden comer prácticamente de todo lo que nada en las aguas, o que se arrastra por el suelo y lo que vuela por los aires)… pero que no viertan la sangre de su hermano ¿Qué sentido tiene mencionar eso cuando está hablando de comida? Creo que está claro: “Comed de todo, menos a los de tu misma especie.”. Dense cuenta de que aquí no prohíbe nada, como luego se hace en el Deuteronomio.


Invito a que vean como se dio la opción contraria (por parte de los misioneros españoles) a los caníbales del Nuevo Continente, entre ellos a los aztecas; en la siguiente página:
https://pablojluismolinero.com/misioneros-espanoles-y-canibales-americanos/